http://diario.elmercurio.cl/detalle/index.asp?id={14f68f83-4181-463f-939f-f9ef33fb7347}
Salvado del basural
Una vecina sintió los llantos en el basural. Pensó que podían ser gatos abandonados. Pero cuando fue a ver, encontró a tres niños flaquísimos y asustados, que lloraban bajo la lluvia invernal. El menor tenía poco más de un año. Los médicos de Conin lo recibieron con escasas ilusiones: su desnutrición era tal, que difícilmente llegaría a caminar.
Y así se lo advirtieron a Yolanda Fernández, el día en que visitó el hogar en busca de su futuro hijo.
"Este niñito no va a sobrevivir", le dijeron, pero el niño, que entonces se llamaba Fernando, le estiró los brazos y ella supo que no podría irse sin él.
Yolanda y su marido, el empresario Jorge Díaz, ya tenían a una hija biológica y a cinco adoptadas. Cuando recibieron al que sería su séptimo hijo y el primer varón (más tarde adoptaron a otro), decidieron cambiarle de nombre. Le pusieron Francisco Javier, y fijaron su cumpleaños el 15 de agosto, porque es el día de la Virgen a quien tanto encomendaron la recuperación del pequeño.
"Mis papás estaban hechos para tener muchos hijos", afirma Francisco Javier, hoy absolutamente sano. "Por alguna razón Dios no les dio la oportunidad de que fueran biológicos, pero les abrió otra puerta".
Los Díaz Fernández jamás ocultaron a sus hijos su condición de adoptados. Para ellos, haber formado un familión de esta manera es un orgullo. Más aun: se sienten pioneros de la adopción en Chile, y Jorge Díaz hasta escribió un libro con el fin de orientar a otros matrimonios, titulado 101 respuestas sobre la adopción.
Por eso, el tema siempre estuvo presente. Y Francisco Javier jamás se sintió incómodo, hasta que comenzó la adolescencia. "Cuando estaba en el colegio, no sé, debe haber sido en séptimo u octavo básico, mis compañeros supieron y empezaron a molestarme. Esa fue la primera vez que me enojé y le saqué la cresta a alguien. Lo mandé al hospital. Nunca más me molestaron", recuerda con cierto pudor.
En esa época le daba muchas vueltas al tema. Son reflexiones que vuelven, de cuando en cuando. "Todos los adoptados se pasan el rollo de 'qué hubiera pasado si'. En mi caso, si mi mamá no me hubiera visto en Conin, ahora podría ser el niñito que está en la calle haciendo malabares con pelotas, en un centro juvenil, borracho en una calle, aspirando neoprén debajo de un puente, o muerto. Son cosas que uno se pone a pensar y de repente como que pasa un viento y fuuuup, te das cuenta que no, que estás en esta otra vida y que por eso hay que agradecer a Dios y a mis papás".
Francisco Javier (26 años) estudió en el Colegio Padre Hurtado y se tituló de publicista en la Universidad del Pacífico. Hace tres años se casó, y tiene una hija de diez meses. Sus papás escogieron la víspera de su matrimonio para contarle, con absoluto detalle, los pormenores de su adopción. "Me explicaron de dónde venía, cómo me habían encontrado en la calle y cómo me vieron en Conin. Los tres lloramos. Ellos me dijeron '¿quieres saber más?'. Sí, les dije yo. Ahí me pasaron unos papeles y supe mi nombre de antes y el mes en que había nacido. Me preguntaron de nuevo '¿quieres saber más?'. Y yo dije 'no"'.
Pero está consciente de que habrá un momento en que quiera ahondar más. Y se pregunta hasta dónde podrá llegar. "He pensado buscar a mis dos hermanos, a mi mamá también, porque es importante saber quién es, independiente de que mi mamá es la Yolanda". Tuvo ganas de hacerlo antes de salir del colegio, pero le dio miedo. "Imagínate, si a los 18 años yo hubiese buscado a mis hermanos y me doy cuenta de que ellos estaban en lo peor, ¿qué podía hacer yo? Habría sido chocante verlos en la calle mientras yo vivía en una casa el descueve".
Lo que más se cuestiona es el porqué del abandono. "Son cosas que muy pocas veces conversé con mis papás, porque soy muy para adentro, me cuesta mucho hablar. Pero a veces veo en las noticias estas guaguitas que dejan en los basureros y eso me refresca la memoria. Me empiezo a cuestionar de nuevo y la verdad es que en ese minuto pienso: 'Bueno, tenía que ser así'. Tenía que ser así para poder vivir lo que estoy viviendo ahora que es algo espectacular. Pero me pregunto por qué no fui querido por mi mamá biológica. Me dan ganas de saber qué pasó. Pero no estoy preparado todavía para aguantar y recibir todo lo que pueda venir, sea bueno o malo. Porque puede que mi mamá sea, no sé, drogadicta, prostituta o alcohólica".
De algún modo, él ha elaborado sus propias respuestas para explicar, por ejemplo, sus ojos claros y su pelo rubio. "Dios me perdone, pero yo creo que lo más probable es que mi mamá haya sido prostituta y que mi papá puede ser un tipo que está viviendo en La Dehesa, que se pegó una canita al aire con esta señora y después se fue a su casa con su familia y qué se yo. Por eso para mí no hay una figura paterna a quién buscar; no me interesa".
Sociable y cariñoso, Francisco piensa que su experiencia con el abandono lo ha llevado a buscar la cercanía y el afecto de otras personas. Es la única marca que le ha dejado la adopción. No hay más, asegura.
"Cuando me preguntan cuál es la diferencia en la vida entre ser o no adoptado, y yo les digo 'ni una'. Es más, yo tengo una ventaja: a mí me escogieron". Su historia, dice, lo motiva a devolver la mano: "Está claro que mi otro hijo va a ser adoptado. Mi señora lo acepta y me apoya. A mi hija Antonia le tengo pensado escribir un cuento con portada y todo; se lo voy a leer cuando se vaya a dormir. Así le voy a contar que su papá es adoptado y que va a tener un hermano adoptado y que tiene tíos adoptados".
Asegura que sólo siente gratitud por haberse integrado a la familia que lo eligió. Y que no guarda rencor contra su mamá biológica. "Yo no puedo juzgar a una persona que podría haber abortado perfectamente y no lo hizo. Ella decidió seguir con la vida de nosotros, aunque no fuera a su lado. Nos dio esa oportunidad. Yo creo que lo hizo porque, así, ella igual nos tiene. Donde esté, sabe que tiene tres hijos y ojalá sepa que estamos bien los tres... si es que es así".
Privilegiadas
Magdalena (18) nació en Rancagua y Catalina (16) en Temuco. Esos son los únicos datos que manejan sobre sus orígenes. Ambas fueron adoptadas, pero no conocen las razones que tuvieron sus padres biológicos para abandonarlas, no saben si están vivos o muertos, si tienen más hermanos y tampoco les interesa descubrirlo.
Las hermanas Concha Correa dicen que sólo tratarían de encontrar a su padres biológicos en un caso extremo, como una enfermedad. "Imagino que me haría pasar por misionera, como las de mi colegio (el San Benito), para hablar con mis padres biológicos. Les preguntaría toda su vida, pero no les diría que soy su hija, porque creo que sería incómodo para ellos enfrentarme y ver que estoy tan grande, ha pasado mucho tiempo y me daría mucha pena con ellos", asegura Catalina.
Magdalena agrega que ella nunca le diría mamá a otra persona, "porque ella solamente me tuvo. Mi mamá es la que ha estado siempre conmigo". Sin embargo, reconoce que a veces se pone a pensar en su historia y cuando va por la calle busca personas parecidas a ella. "Es algo bien loco, porque de repente hasta podría encontrar una gemela, pero jamás me atrevería a decirle nada".
Ella entrará este año a estudiar Odontología, es la hermana mayor, pero no lo parece. Su cara es la de una niña dulce y bastante tímida, tanto que a ratos hay que hacer un esfuerzo por escucharla. Catalina en cambio se ve más adulta, habla fuerte y tiene las ideas muy claras.
Tal vez esa fuerza provenga de su niñez. Cuando nació los médicos le dijeron a su mamá que esa guagua no le convenía, que tenía muchos problemas de salud y que para ellos sería un "cacho". Catalina nació de cinco meses y medio y, producto de la inmadurez, tenía un serio problema intestinal y no podía ver ni oír. Además, había que comenzar un tratamiento con alimentación especial y debía permanecer dos meses en incubadora.
Las opciones eran claras: dejarla morir o llevársela para darle un hogar. Su mamá tuvo la posibilidad de decir que no, pero decidió seguir adelante, porque lo único que quería eran hijos, sin importar en qué condiciones. La Cata estuvo bajo el cuidado de los mejores especialistas y logró recuperarse en muy poco tiempo.
Sus padres, Magdalena Correa y el empresario Félix Concha, no habían podido tener hijos. Ella sufría de un problema hormonal que le impedía quedar embarazada, se había sometido a varios tratamientos en la Clínica Las Condes y en Estados Unidos, pero en ambos lugares el diagnóstico era lapidario, sólo tenía un uno por ciento de probabilidades de tener hijos.
Pero eso no la desarmó, venía de una familia muy numerosa y sabía que necesitaba completar su hogar. Siempre había tenido la idea de que si no podía tener sus propios hijos, los adoptaría. Y así lo hizo. Cuando cumplieron cinco años de matrimonio recibieron a Magdalena y dos años más tarde a Catalina.
Las jóvenes hoy no recuerdan el minuto en que se enteraron que eran adoptadas. "De a poco he ido sabiendo cosas, pero desde que tengo uso de razón siempre los supe. Nunca fue como en las teleseries, en que te sientan y te dicen: 'Oh, tú eres adoptada' y se produce el medio rollo. ¡No, para nada, cero trauma!, dice Magdalena.
El único recuerdo concreto que tienen es un libro llamado La historia de Josefina, que narra la vida de una niña adoptada y que sus padres solían leerles desde muy pequeñas.
Jamás se han detenido a analizar las razones que tuvieron sus papás biológicos para abandonarlas. Para ambas es algo casi natural, que no esconde rencor alguno y la única hipótesis que se atreven a barajar es que probablemente se trató de madres solteras que prefirieron entregar a sus hijas porque no tenían cómo mantenerlas.
Catalina cuenta que cuando chica a veces se preguntaba si tendría más hermanos y se planteaba la posibilidad de conocerlos. Después el tema prácticamente se le olvidó. "Con los años asumí absolutamente que mis papás adoptivos eran mis papás. Ahora, no es por ser mala, pero ya no me interesa saber más cosas".
A nivel de tíos y abuelos la adopción tampoco ha sido nunca un tema tabú. Además, tienen dos primos mayores que también son adoptados. Magdalena dice que ellas son ciento por ciento integradas. Su familia completa las adora y jamás han sufrido el peso de la discriminación. "Nunca he sentido que la gente murmure a mis espaldas: mira, ahí va la adoptada", comenta entre risas.En el colegio, cuentan, nunca las han molestado, porque desde pequeñas todo el curso conocía su condición. "Yo converso siempre el tema con mis compañeros, nunca lo he ocultado, incluso cuando conozco a alguien que me gusta y me pregunta por qué no me parezco en nada con mi hermana, no me complico y le digo al tiro que soy adoptada", cuenta Catalina.
El ambiente o el entorno en el que se desenvuelven tampoco las aproblema, se visten como cualquier adolescente, tienen hartos amigos y les encanta salir, pero mientras a Magdalena no le agradan mucho "los lugares tan top y tan cuicos, porque prefiero la tranquilidad", a la Cata sí le gustan, pues ahí se encuentra con todos sus amigos.
Creen que la gran diferencia entre ser un hijo adoptado y biológico es que al haber sido escogidas se sienten especiales y mucho más valoradas. "Hay un apego mayor de los papás hacia los hijos. Cuando chica yo le sacaba pica a mis amigas y les decía: 'A ti te tuvieron, a mí en cambio, me eligieron"', recuerda Catalina.
Asegura que si algún día cambian de opinión y deciden buscar a sus padres biológicos, la mamá las apoyaría. "Ella quiere que seamos felices, que seamos personas completas y si eso implica buscar nuestros orígenes, la mamá feliz". Ella es su gran confidente y jamás dudarían en plantearle sus inquietudes.
Para ella y su papá sólo tienen palabras de agradecimiento. "Sin ellos jamás habríamos llegado a ser lo que somos" y al unísono agregan: "Estamos demasiado agradecidas de la vida y de la familia que nos tocó, es de verdad un privilegio".
LA HIJA DEL MARQUÉS
Se ríe cuando la llaman la marquesa de Bulnes, porque ella no se siente para nada parte del medio social en el que, destino mediante, le tocó crecer. Nunca fui cuica. Siempre he sido súper sencilla, porque estoy consciente de que no nací en cuna de oro. Que me hayan puesto en cuna de oro es otra cosa, argumenta con naturalidad, en su departamento de Las Hualtatas donde tiene en primer plano las fotografías de sus padres adoptivos, Elisa Ripamonti y Francisco Bulnes Sanfuentes, parlamentario por casi tres décadas y fundador de Renovación Nacional, además de finísimos muebles y pinturas que heredó de la casa familiar.
Sabe que su historia es muy especial. Especial porque fue adoptada en una época en que la adopción era vista como una suerte de tabú y se manejaba, si no en secreto, muy discretamente. No se acostumbraba, mucho menos en una familia tradicional chilena con cinco niños propios, incorporar a un niño de otro estrato socioeconómico, y darle sus apellidos para criarlo y quererlo como un hijo más.
También es especial porque Verónica, de algún modo siguió un camino propio: He sido como súper escondida. Aunque acompañaba a mis papás a exposiciones, matrimonios y otros eventos, yo no aparecía en las fotos de páginas sociales. Nunca me ponía por delante para que me fotografiaran. Tenía claro que los conocidos eran mis papás y mis hermanos, no yo.
Tan propio es su camino que ella eligió para casarse a un hombre de un medio social distinto al de su familia y quien trabajaba como mozo chofer de su papá. Tengo cero clasismo. De repente, me inflaba porque mi papá salía en la tele y era conocido, pero nunca fui creída. A mí los apellidos me dan los mismo. Nunca me he preocupado si alguien es Soto o Larraín. Confiesa que a sus hermanos, con quienes tiene muy buena relación, les costó mucho aceptarlo, pero finalmente se dieron cuenta de que él la quiere de verdad. Y se siente plenamente feliz de estar casada con Ignacio Ventura (46), quien hoy trabaja vendiendo artículos de limpieza.
De su infancia, Verónica dice conservar sólo algunos recuerdos. Hay una parte que la tengo completamente borrada de mi memoria, no sé por qué, asegura. Sí recuerda que era feliz y muy regalona de sus padres y hermanos. Panchito, el mayor, ya fallecido, iba a dejar a su polola temprano para ir a darme la papa. Pasaba de brazo en brazo de mis hermanos Cristián, Angélica, María Elisa y Blanca, con quien tenemos 11 años de diferencia.
Ella nunca sospechó que podía tener otros padres biológicos. Lo único que siempre preguntaba era ¿por qué yo soy morena y mis hermanas rubias? y me contestaban con puras bromas, como que me habían sacaso de la basura y cosas así. Estudió en el colegio Los Sagrados Corazones, Monjas Francesas, y pese a que sus compañeras y sus profesores sabían que ella era adoptada, nunca nadie se lo dijo ni le hizo un comentario al respecto.
Cuando cumplió 15 años, Francisco Bulnes Sanfuentes era el embajador de Chile en Perú (entre 1976 y 1979) y en Lima ella tuvo su gran fiesta de presentación en sociedad, a la que asistieron los hijos de connotadas familias de la ciudad. En esa época lo pasé salvaje, tenía hartas amigas. Me encantaba Perú. Luego a mi papá lo declararon persona non grata y tuvimos que venirnos, cuenta.
Aunque sus padres eran mucho mayores, siempre se llevó muy bien con ambos. Durante muchos años, además, ella fue la única hija en la casa porque sus hermanos se casaron mucho antes. Después de que murió Elisa, siguió acompañando a su padre en la casona de calle Málaga donde, recuerda, mantenían largas y fascinantes conversaciones. Cuando mi papá hablaba, uno podía escucharlo durante horas de tan entretenido que era.
Verónica tuvo un primer quiebre emocional a los 17 años, antes de que le contaran la verdad acerca de su origen. Me sentía rara, muy mal. Me puse muy llorona. Tenía depresiones, angustia, déficit atencional. Un pololo que tuve en esa época trató de insinuarme que yo era adoptada, pero no le creí. Me mandaron a una sicóloga, e imagino que mis papás le pidieron a ella que me dijera la verdad. Y aunque me lo dijo con mucho tacto, tampoco le creí.
La sicóloga le relató que había nacido en una familia muy pobre y que Elisa Ripamonti, como trabajaba en la Cruz Roja, la encontró muy desnutrida, enferma y con soplo al corazón. Mi mamá se enamoró de mí, me llevó a su casa y se dedicó a cuidarme, me alimentaba cada media hora. Todos se encariñaron tanto que se quedaron conmigo.
El día en que la terapeuta le dio la noticia, Verónica enfrentó a sus padres al llegar a la casa. Les preguntó por qué nunca se lo habían dicho. Me contestaron que fue por protegerme, que tenían miedo de que buscara a mis papás biológicos y que me fuera con ellos. Para ellos fue súper complicado, estaban tan urgidos, ése era como un tema tabú, peor que hablar de sexo. Así, poco a poco, se fue enterando de esa parte de su infancia que había olvidado por completo: No estoy segura si me trajeron a la casa cuando tenía dos meses o dos años. Me contaron que cuando chica yo decía que me llamaba Verónica Silva. Mi mamá había muerto y mi papá, Mario, quien trabajaba en la Disputada Las Condes, me iba a visitar. Pero en algún momento empecé a preguntar por qué yo tenía dos papás. Parece que me ponía muy nerviosa, así es que le pidieron que no viniera más.
Tras terminar el colegio, Verónica estudió auxiliar de párvulos en la Cruz Roja y trabajó durante 14 años, hasta que se casó, hace cuatro. Soy súper sociable, mis amigos eran la gente de mi trabajo y los que hice cuando estudié teatro. Me importa sólo que sean buenas personas, porque nunca me he guiado en la vida por los apellidos. Y mis papás tampoco me pusieron jamás problemas con mis amistades. De hecho, añade, antes de morir, don Francisco Bulnes le comentó a otra de sus hijas que Verónica había caído en las manos de un hombre bueno, en alusión a Ignacio Ventura. Sus hermanos, en cambio, tuvieron aprensiones. Creían que yo no estaba enamorada y que él buscaba provecho económico. Por eso tuvimos una relación muy tormentosa. Hubo llanto y drama, pero mi papá no se equivocó. Ignacio es un hombre espectacular, trabajador, nos gustan las mismas cosas, ¿qué más puedo pedir? Somos una pareja ideal, como de teleserie, súper felices.
Verónica cuenta que sus hermanos dejaron atrás cualquier aprensión que pudieron haber tenido, cuando estuvo muy enferma, en diciembre pasado. Me operaron para sacarme el útero y ya nunca podré tener hijos. Ignacio me cuidó con tanto amor preocupándose hasta de los más mínimos detalles. Confiesa que desde que se casó, a ella le cambió positivamente el carácter. Antes me decían algo y yo me picaba, me enfurecía. Era un ogro. Ahora estoy tranquila, nunca peleamos, estoy tan feliz que no pido nada más. Ni siquiera, por ahora, le hacen falta los hijos. Su marido tiene tres niños de un matrimonio anterior, a quien ella quiere mucho, al igual que a sus sobrinos y a los sobrinos de la familia de Ignacio. Y, si algún día necesitara ser madre, no dudaría en adoptar. Estoy súper agradecida de lo que mi familia ha hecho por mí. Caí en una familia espectacular que me quiso mucho, por eso nunca quise buscar a mis papás biológicos. Simplemente, no los necesitaba.
YO SOY UN MACKAY
Para Alejandro Mackay Juhl (23), estudiante de ingeniería comercial de la Universidad del Desarrollo, no hay ningún asomo de duda. "El ¿de dónde vengo? es una pregunta que me hago, pero a la hora de la verdad yo sé que soy un Mackay".
Sus papás intentaron tener hijos, pero después de tres o cuatro años descubrieron que no podrían. Al noveno año de matrimonio adoptaron a una niña. Alejandro fue el segundo: llegó a la casa cuando apenas tenía un mes. Más tarde se sumaron dos hermanos. Hoy la mayor vive en Italia y tiene 25 años; el más chico va a cumplir 18.
A los seis meses de vida, Alejandro mostró síntomas de una parálisis cerebral motora en todo el lado derecho del cuerpo. Estuvo en rehabilitación cerca de diez años. "De ahí en adelante me dijeron: 'Ahora te toca a ti"'. Aún tiene leves huellas de su hemiparesia, pero él no les hace caso. Es parte de su formación, dice, mirar hacia adelante y no detenerse en las dificultades.
Por eso, tampoco ha permitido que su condición de adoptado le provoque algún drama. Sus papás ayudaron en eso. "El tema siempre fue planteado abiertamente, nunca me lo expusieron como algo raro", asegura. De hecho, tampoco hubo mucha ceremonia a la hora de contarle sobre su origen. "Debo haber tenido tres o cuatro años el día en que mis papás me preguntaron de repente: '¿Tú sabes que eres adoptado, cierto?'. Fue así, tal cual. Yo creo que ellos ni se deben acordar de cómo me lo dijeron. Yo había escuchado de pasada una conversación suya con mi hermana, pero no le había prestado mucha atención. Así es que pregunté qué significaba ser adoptado, y ellos me explicaron. La conversación terminó con una pregunta mía: 'Bueno, pero igual tú sigues siendo mi papá, ¿verdad?'. Y mi papá me dijo: 'Sí"'.
Alejandro asegura que eso fue suficiente. "Simplemente, yo era como era. No nací de mi mamá y punto. Nada más. Nunca me he cuestionado dónde estaría si es que no me hubieran adoptado, porque yo siento que nací aquí; ésta es mi vida".
Tíos, primos y amigos de la familia los acogieron siempre con naturalidad. Hasta le dicen que se parece al hermano de su mamá y a un primo chico. "Tal vez es coincidencia, pero a lo mejor no. Nos parecemos porque hemos tenido la misma crianza", reflexiona. "Los valores que nos han inculcado nos hacen notoriamente hijos de nuestros padres".
Reconoce, sí, que en sus momentos de bajón adolescente muchas veces se preguntó por sus papás biológicos. "Cuando tenía como 14 años quise saber ¿y de dónde vengo?, ¿tengo hermanos? ¿Quizás tengo un gemelo que está en otro lado? Son ideas que te vienen. Pero esas inquietudes se me han ido borrando porque estoy muy inserto en mi familia". También sufría pensando que su vida podía ser producto de un error, un "condoro" de sus padres. "Pero ahora creo que uno es más que su origen, uno es lo que hace".
En su colegio siempre supieron que era adoptado. "Algunos me molestaban y le pegué a varios; a veces me daban esas típicas pataletas de ¿por qué a mí? Pero son leseras, porque uno se va dando cuenta de lo que realmente tiene y de que uno es mucho más afortunado que un hijo biológico, porque a mí no es que me hayan tenido, a mí me quisieron".
Parte de su tranquilidad se relaciona con la información que maneja. "Cuando mis papás postularon a mi adopción les dijeron que mi mamá biológica murió en el parto, y que yo era su primer hijo. Cuando yo supe eso, las cosas se me hicieron muy tranquilas, porque nunca he tenido esa presión del 'quizás me está buscando', sino que fue una decisión probablemente de la familia de mi mamá el darme en adopción para que yo tuviera una mejor opción de tener una familia completa. Igual me he preguntado: '¿y si se equivocaron y está viva?'... Pero siento que mi mamá es la que está aquí, nunca he tenido una razón para pensar que no pertenezco acá. Simplemente, vivo mi vida como cualquier persona".
Se encoge de hombros ante la perspectiva de conocer, alguna vez, a algún familiar biológico. "Me da la curiosidad, me pica el bichito, pero no es una picada lo suficientemente fuerte como para moverme a buscarlos. Ahora, ¿qué haría si me los topara? Esa respuesta no la tengo; tendría que estar en la situación. No me predispongo a algo; si pasa, bien, y si no... bien también". Pero lo piensa un poco más, y agrega: "Si me encontrara hoy con alguien de mi familia biológica, simplemente le agradecería".
Una vecina sintió los llantos en el basural. Pensó que podían ser gatos abandonados. Pero cuando fue a ver, encontró a tres niños flaquísimos y asustados, que lloraban bajo la lluvia invernal. El menor tenía poco más de un año. Los médicos de Conin lo recibieron con escasas ilusiones: su desnutrición era tal, que difícilmente llegaría a caminar.
Y así se lo advirtieron a Yolanda Fernández, el día en que visitó el hogar en busca de su futuro hijo.
"Este niñito no va a sobrevivir", le dijeron, pero el niño, que entonces se llamaba Fernando, le estiró los brazos y ella supo que no podría irse sin él.
Yolanda y su marido, el empresario Jorge Díaz, ya tenían a una hija biológica y a cinco adoptadas. Cuando recibieron al que sería su séptimo hijo y el primer varón (más tarde adoptaron a otro), decidieron cambiarle de nombre. Le pusieron Francisco Javier, y fijaron su cumpleaños el 15 de agosto, porque es el día de la Virgen a quien tanto encomendaron la recuperación del pequeño.
"Mis papás estaban hechos para tener muchos hijos", afirma Francisco Javier, hoy absolutamente sano. "Por alguna razón Dios no les dio la oportunidad de que fueran biológicos, pero les abrió otra puerta".
Los Díaz Fernández jamás ocultaron a sus hijos su condición de adoptados. Para ellos, haber formado un familión de esta manera es un orgullo. Más aun: se sienten pioneros de la adopción en Chile, y Jorge Díaz hasta escribió un libro con el fin de orientar a otros matrimonios, titulado 101 respuestas sobre la adopción.
Por eso, el tema siempre estuvo presente. Y Francisco Javier jamás se sintió incómodo, hasta que comenzó la adolescencia. "Cuando estaba en el colegio, no sé, debe haber sido en séptimo u octavo básico, mis compañeros supieron y empezaron a molestarme. Esa fue la primera vez que me enojé y le saqué la cresta a alguien. Lo mandé al hospital. Nunca más me molestaron", recuerda con cierto pudor.
En esa época le daba muchas vueltas al tema. Son reflexiones que vuelven, de cuando en cuando. "Todos los adoptados se pasan el rollo de 'qué hubiera pasado si'. En mi caso, si mi mamá no me hubiera visto en Conin, ahora podría ser el niñito que está en la calle haciendo malabares con pelotas, en un centro juvenil, borracho en una calle, aspirando neoprén debajo de un puente, o muerto. Son cosas que uno se pone a pensar y de repente como que pasa un viento y fuuuup, te das cuenta que no, que estás en esta otra vida y que por eso hay que agradecer a Dios y a mis papás".
Francisco Javier (26 años) estudió en el Colegio Padre Hurtado y se tituló de publicista en la Universidad del Pacífico. Hace tres años se casó, y tiene una hija de diez meses. Sus papás escogieron la víspera de su matrimonio para contarle, con absoluto detalle, los pormenores de su adopción. "Me explicaron de dónde venía, cómo me habían encontrado en la calle y cómo me vieron en Conin. Los tres lloramos. Ellos me dijeron '¿quieres saber más?'. Sí, les dije yo. Ahí me pasaron unos papeles y supe mi nombre de antes y el mes en que había nacido. Me preguntaron de nuevo '¿quieres saber más?'. Y yo dije 'no"'.
Pero está consciente de que habrá un momento en que quiera ahondar más. Y se pregunta hasta dónde podrá llegar. "He pensado buscar a mis dos hermanos, a mi mamá también, porque es importante saber quién es, independiente de que mi mamá es la Yolanda". Tuvo ganas de hacerlo antes de salir del colegio, pero le dio miedo. "Imagínate, si a los 18 años yo hubiese buscado a mis hermanos y me doy cuenta de que ellos estaban en lo peor, ¿qué podía hacer yo? Habría sido chocante verlos en la calle mientras yo vivía en una casa el descueve".
Lo que más se cuestiona es el porqué del abandono. "Son cosas que muy pocas veces conversé con mis papás, porque soy muy para adentro, me cuesta mucho hablar. Pero a veces veo en las noticias estas guaguitas que dejan en los basureros y eso me refresca la memoria. Me empiezo a cuestionar de nuevo y la verdad es que en ese minuto pienso: 'Bueno, tenía que ser así'. Tenía que ser así para poder vivir lo que estoy viviendo ahora que es algo espectacular. Pero me pregunto por qué no fui querido por mi mamá biológica. Me dan ganas de saber qué pasó. Pero no estoy preparado todavía para aguantar y recibir todo lo que pueda venir, sea bueno o malo. Porque puede que mi mamá sea, no sé, drogadicta, prostituta o alcohólica".
De algún modo, él ha elaborado sus propias respuestas para explicar, por ejemplo, sus ojos claros y su pelo rubio. "Dios me perdone, pero yo creo que lo más probable es que mi mamá haya sido prostituta y que mi papá puede ser un tipo que está viviendo en La Dehesa, que se pegó una canita al aire con esta señora y después se fue a su casa con su familia y qué se yo. Por eso para mí no hay una figura paterna a quién buscar; no me interesa".
Sociable y cariñoso, Francisco piensa que su experiencia con el abandono lo ha llevado a buscar la cercanía y el afecto de otras personas. Es la única marca que le ha dejado la adopción. No hay más, asegura.
"Cuando me preguntan cuál es la diferencia en la vida entre ser o no adoptado, y yo les digo 'ni una'. Es más, yo tengo una ventaja: a mí me escogieron". Su historia, dice, lo motiva a devolver la mano: "Está claro que mi otro hijo va a ser adoptado. Mi señora lo acepta y me apoya. A mi hija Antonia le tengo pensado escribir un cuento con portada y todo; se lo voy a leer cuando se vaya a dormir. Así le voy a contar que su papá es adoptado y que va a tener un hermano adoptado y que tiene tíos adoptados".
Asegura que sólo siente gratitud por haberse integrado a la familia que lo eligió. Y que no guarda rencor contra su mamá biológica. "Yo no puedo juzgar a una persona que podría haber abortado perfectamente y no lo hizo. Ella decidió seguir con la vida de nosotros, aunque no fuera a su lado. Nos dio esa oportunidad. Yo creo que lo hizo porque, así, ella igual nos tiene. Donde esté, sabe que tiene tres hijos y ojalá sepa que estamos bien los tres... si es que es así".
Privilegiadas
Magdalena (18) nació en Rancagua y Catalina (16) en Temuco. Esos son los únicos datos que manejan sobre sus orígenes. Ambas fueron adoptadas, pero no conocen las razones que tuvieron sus padres biológicos para abandonarlas, no saben si están vivos o muertos, si tienen más hermanos y tampoco les interesa descubrirlo.
Las hermanas Concha Correa dicen que sólo tratarían de encontrar a su padres biológicos en un caso extremo, como una enfermedad. "Imagino que me haría pasar por misionera, como las de mi colegio (el San Benito), para hablar con mis padres biológicos. Les preguntaría toda su vida, pero no les diría que soy su hija, porque creo que sería incómodo para ellos enfrentarme y ver que estoy tan grande, ha pasado mucho tiempo y me daría mucha pena con ellos", asegura Catalina.
Magdalena agrega que ella nunca le diría mamá a otra persona, "porque ella solamente me tuvo. Mi mamá es la que ha estado siempre conmigo". Sin embargo, reconoce que a veces se pone a pensar en su historia y cuando va por la calle busca personas parecidas a ella. "Es algo bien loco, porque de repente hasta podría encontrar una gemela, pero jamás me atrevería a decirle nada".
Ella entrará este año a estudiar Odontología, es la hermana mayor, pero no lo parece. Su cara es la de una niña dulce y bastante tímida, tanto que a ratos hay que hacer un esfuerzo por escucharla. Catalina en cambio se ve más adulta, habla fuerte y tiene las ideas muy claras.
Tal vez esa fuerza provenga de su niñez. Cuando nació los médicos le dijeron a su mamá que esa guagua no le convenía, que tenía muchos problemas de salud y que para ellos sería un "cacho". Catalina nació de cinco meses y medio y, producto de la inmadurez, tenía un serio problema intestinal y no podía ver ni oír. Además, había que comenzar un tratamiento con alimentación especial y debía permanecer dos meses en incubadora.
Las opciones eran claras: dejarla morir o llevársela para darle un hogar. Su mamá tuvo la posibilidad de decir que no, pero decidió seguir adelante, porque lo único que quería eran hijos, sin importar en qué condiciones. La Cata estuvo bajo el cuidado de los mejores especialistas y logró recuperarse en muy poco tiempo.
Sus padres, Magdalena Correa y el empresario Félix Concha, no habían podido tener hijos. Ella sufría de un problema hormonal que le impedía quedar embarazada, se había sometido a varios tratamientos en la Clínica Las Condes y en Estados Unidos, pero en ambos lugares el diagnóstico era lapidario, sólo tenía un uno por ciento de probabilidades de tener hijos.
Pero eso no la desarmó, venía de una familia muy numerosa y sabía que necesitaba completar su hogar. Siempre había tenido la idea de que si no podía tener sus propios hijos, los adoptaría. Y así lo hizo. Cuando cumplieron cinco años de matrimonio recibieron a Magdalena y dos años más tarde a Catalina.
Las jóvenes hoy no recuerdan el minuto en que se enteraron que eran adoptadas. "De a poco he ido sabiendo cosas, pero desde que tengo uso de razón siempre los supe. Nunca fue como en las teleseries, en que te sientan y te dicen: 'Oh, tú eres adoptada' y se produce el medio rollo. ¡No, para nada, cero trauma!, dice Magdalena.
El único recuerdo concreto que tienen es un libro llamado La historia de Josefina, que narra la vida de una niña adoptada y que sus padres solían leerles desde muy pequeñas.
Jamás se han detenido a analizar las razones que tuvieron sus papás biológicos para abandonarlas. Para ambas es algo casi natural, que no esconde rencor alguno y la única hipótesis que se atreven a barajar es que probablemente se trató de madres solteras que prefirieron entregar a sus hijas porque no tenían cómo mantenerlas.
Catalina cuenta que cuando chica a veces se preguntaba si tendría más hermanos y se planteaba la posibilidad de conocerlos. Después el tema prácticamente se le olvidó. "Con los años asumí absolutamente que mis papás adoptivos eran mis papás. Ahora, no es por ser mala, pero ya no me interesa saber más cosas".
A nivel de tíos y abuelos la adopción tampoco ha sido nunca un tema tabú. Además, tienen dos primos mayores que también son adoptados. Magdalena dice que ellas son ciento por ciento integradas. Su familia completa las adora y jamás han sufrido el peso de la discriminación. "Nunca he sentido que la gente murmure a mis espaldas: mira, ahí va la adoptada", comenta entre risas.En el colegio, cuentan, nunca las han molestado, porque desde pequeñas todo el curso conocía su condición. "Yo converso siempre el tema con mis compañeros, nunca lo he ocultado, incluso cuando conozco a alguien que me gusta y me pregunta por qué no me parezco en nada con mi hermana, no me complico y le digo al tiro que soy adoptada", cuenta Catalina.
El ambiente o el entorno en el que se desenvuelven tampoco las aproblema, se visten como cualquier adolescente, tienen hartos amigos y les encanta salir, pero mientras a Magdalena no le agradan mucho "los lugares tan top y tan cuicos, porque prefiero la tranquilidad", a la Cata sí le gustan, pues ahí se encuentra con todos sus amigos.
Creen que la gran diferencia entre ser un hijo adoptado y biológico es que al haber sido escogidas se sienten especiales y mucho más valoradas. "Hay un apego mayor de los papás hacia los hijos. Cuando chica yo le sacaba pica a mis amigas y les decía: 'A ti te tuvieron, a mí en cambio, me eligieron"', recuerda Catalina.
Asegura que si algún día cambian de opinión y deciden buscar a sus padres biológicos, la mamá las apoyaría. "Ella quiere que seamos felices, que seamos personas completas y si eso implica buscar nuestros orígenes, la mamá feliz". Ella es su gran confidente y jamás dudarían en plantearle sus inquietudes.
Para ella y su papá sólo tienen palabras de agradecimiento. "Sin ellos jamás habríamos llegado a ser lo que somos" y al unísono agregan: "Estamos demasiado agradecidas de la vida y de la familia que nos tocó, es de verdad un privilegio".
LA HIJA DEL MARQUÉS
Se ríe cuando la llaman la marquesa de Bulnes, porque ella no se siente para nada parte del medio social en el que, destino mediante, le tocó crecer. Nunca fui cuica. Siempre he sido súper sencilla, porque estoy consciente de que no nací en cuna de oro. Que me hayan puesto en cuna de oro es otra cosa, argumenta con naturalidad, en su departamento de Las Hualtatas donde tiene en primer plano las fotografías de sus padres adoptivos, Elisa Ripamonti y Francisco Bulnes Sanfuentes, parlamentario por casi tres décadas y fundador de Renovación Nacional, además de finísimos muebles y pinturas que heredó de la casa familiar.
Sabe que su historia es muy especial. Especial porque fue adoptada en una época en que la adopción era vista como una suerte de tabú y se manejaba, si no en secreto, muy discretamente. No se acostumbraba, mucho menos en una familia tradicional chilena con cinco niños propios, incorporar a un niño de otro estrato socioeconómico, y darle sus apellidos para criarlo y quererlo como un hijo más.
También es especial porque Verónica, de algún modo siguió un camino propio: He sido como súper escondida. Aunque acompañaba a mis papás a exposiciones, matrimonios y otros eventos, yo no aparecía en las fotos de páginas sociales. Nunca me ponía por delante para que me fotografiaran. Tenía claro que los conocidos eran mis papás y mis hermanos, no yo.
Tan propio es su camino que ella eligió para casarse a un hombre de un medio social distinto al de su familia y quien trabajaba como mozo chofer de su papá. Tengo cero clasismo. De repente, me inflaba porque mi papá salía en la tele y era conocido, pero nunca fui creída. A mí los apellidos me dan los mismo. Nunca me he preocupado si alguien es Soto o Larraín. Confiesa que a sus hermanos, con quienes tiene muy buena relación, les costó mucho aceptarlo, pero finalmente se dieron cuenta de que él la quiere de verdad. Y se siente plenamente feliz de estar casada con Ignacio Ventura (46), quien hoy trabaja vendiendo artículos de limpieza.
De su infancia, Verónica dice conservar sólo algunos recuerdos. Hay una parte que la tengo completamente borrada de mi memoria, no sé por qué, asegura. Sí recuerda que era feliz y muy regalona de sus padres y hermanos. Panchito, el mayor, ya fallecido, iba a dejar a su polola temprano para ir a darme la papa. Pasaba de brazo en brazo de mis hermanos Cristián, Angélica, María Elisa y Blanca, con quien tenemos 11 años de diferencia.
Ella nunca sospechó que podía tener otros padres biológicos. Lo único que siempre preguntaba era ¿por qué yo soy morena y mis hermanas rubias? y me contestaban con puras bromas, como que me habían sacaso de la basura y cosas así. Estudió en el colegio Los Sagrados Corazones, Monjas Francesas, y pese a que sus compañeras y sus profesores sabían que ella era adoptada, nunca nadie se lo dijo ni le hizo un comentario al respecto.
Cuando cumplió 15 años, Francisco Bulnes Sanfuentes era el embajador de Chile en Perú (entre 1976 y 1979) y en Lima ella tuvo su gran fiesta de presentación en sociedad, a la que asistieron los hijos de connotadas familias de la ciudad. En esa época lo pasé salvaje, tenía hartas amigas. Me encantaba Perú. Luego a mi papá lo declararon persona non grata y tuvimos que venirnos, cuenta.
Aunque sus padres eran mucho mayores, siempre se llevó muy bien con ambos. Durante muchos años, además, ella fue la única hija en la casa porque sus hermanos se casaron mucho antes. Después de que murió Elisa, siguió acompañando a su padre en la casona de calle Málaga donde, recuerda, mantenían largas y fascinantes conversaciones. Cuando mi papá hablaba, uno podía escucharlo durante horas de tan entretenido que era.
Verónica tuvo un primer quiebre emocional a los 17 años, antes de que le contaran la verdad acerca de su origen. Me sentía rara, muy mal. Me puse muy llorona. Tenía depresiones, angustia, déficit atencional. Un pololo que tuve en esa época trató de insinuarme que yo era adoptada, pero no le creí. Me mandaron a una sicóloga, e imagino que mis papás le pidieron a ella que me dijera la verdad. Y aunque me lo dijo con mucho tacto, tampoco le creí.
La sicóloga le relató que había nacido en una familia muy pobre y que Elisa Ripamonti, como trabajaba en la Cruz Roja, la encontró muy desnutrida, enferma y con soplo al corazón. Mi mamá se enamoró de mí, me llevó a su casa y se dedicó a cuidarme, me alimentaba cada media hora. Todos se encariñaron tanto que se quedaron conmigo.
El día en que la terapeuta le dio la noticia, Verónica enfrentó a sus padres al llegar a la casa. Les preguntó por qué nunca se lo habían dicho. Me contestaron que fue por protegerme, que tenían miedo de que buscara a mis papás biológicos y que me fuera con ellos. Para ellos fue súper complicado, estaban tan urgidos, ése era como un tema tabú, peor que hablar de sexo. Así, poco a poco, se fue enterando de esa parte de su infancia que había olvidado por completo: No estoy segura si me trajeron a la casa cuando tenía dos meses o dos años. Me contaron que cuando chica yo decía que me llamaba Verónica Silva. Mi mamá había muerto y mi papá, Mario, quien trabajaba en la Disputada Las Condes, me iba a visitar. Pero en algún momento empecé a preguntar por qué yo tenía dos papás. Parece que me ponía muy nerviosa, así es que le pidieron que no viniera más.
Tras terminar el colegio, Verónica estudió auxiliar de párvulos en la Cruz Roja y trabajó durante 14 años, hasta que se casó, hace cuatro. Soy súper sociable, mis amigos eran la gente de mi trabajo y los que hice cuando estudié teatro. Me importa sólo que sean buenas personas, porque nunca me he guiado en la vida por los apellidos. Y mis papás tampoco me pusieron jamás problemas con mis amistades. De hecho, añade, antes de morir, don Francisco Bulnes le comentó a otra de sus hijas que Verónica había caído en las manos de un hombre bueno, en alusión a Ignacio Ventura. Sus hermanos, en cambio, tuvieron aprensiones. Creían que yo no estaba enamorada y que él buscaba provecho económico. Por eso tuvimos una relación muy tormentosa. Hubo llanto y drama, pero mi papá no se equivocó. Ignacio es un hombre espectacular, trabajador, nos gustan las mismas cosas, ¿qué más puedo pedir? Somos una pareja ideal, como de teleserie, súper felices.
Verónica cuenta que sus hermanos dejaron atrás cualquier aprensión que pudieron haber tenido, cuando estuvo muy enferma, en diciembre pasado. Me operaron para sacarme el útero y ya nunca podré tener hijos. Ignacio me cuidó con tanto amor preocupándose hasta de los más mínimos detalles. Confiesa que desde que se casó, a ella le cambió positivamente el carácter. Antes me decían algo y yo me picaba, me enfurecía. Era un ogro. Ahora estoy tranquila, nunca peleamos, estoy tan feliz que no pido nada más. Ni siquiera, por ahora, le hacen falta los hijos. Su marido tiene tres niños de un matrimonio anterior, a quien ella quiere mucho, al igual que a sus sobrinos y a los sobrinos de la familia de Ignacio. Y, si algún día necesitara ser madre, no dudaría en adoptar. Estoy súper agradecida de lo que mi familia ha hecho por mí. Caí en una familia espectacular que me quiso mucho, por eso nunca quise buscar a mis papás biológicos. Simplemente, no los necesitaba.
YO SOY UN MACKAY
Para Alejandro Mackay Juhl (23), estudiante de ingeniería comercial de la Universidad del Desarrollo, no hay ningún asomo de duda. "El ¿de dónde vengo? es una pregunta que me hago, pero a la hora de la verdad yo sé que soy un Mackay".
Sus papás intentaron tener hijos, pero después de tres o cuatro años descubrieron que no podrían. Al noveno año de matrimonio adoptaron a una niña. Alejandro fue el segundo: llegó a la casa cuando apenas tenía un mes. Más tarde se sumaron dos hermanos. Hoy la mayor vive en Italia y tiene 25 años; el más chico va a cumplir 18.
A los seis meses de vida, Alejandro mostró síntomas de una parálisis cerebral motora en todo el lado derecho del cuerpo. Estuvo en rehabilitación cerca de diez años. "De ahí en adelante me dijeron: 'Ahora te toca a ti"'. Aún tiene leves huellas de su hemiparesia, pero él no les hace caso. Es parte de su formación, dice, mirar hacia adelante y no detenerse en las dificultades.
Por eso, tampoco ha permitido que su condición de adoptado le provoque algún drama. Sus papás ayudaron en eso. "El tema siempre fue planteado abiertamente, nunca me lo expusieron como algo raro", asegura. De hecho, tampoco hubo mucha ceremonia a la hora de contarle sobre su origen. "Debo haber tenido tres o cuatro años el día en que mis papás me preguntaron de repente: '¿Tú sabes que eres adoptado, cierto?'. Fue así, tal cual. Yo creo que ellos ni se deben acordar de cómo me lo dijeron. Yo había escuchado de pasada una conversación suya con mi hermana, pero no le había prestado mucha atención. Así es que pregunté qué significaba ser adoptado, y ellos me explicaron. La conversación terminó con una pregunta mía: 'Bueno, pero igual tú sigues siendo mi papá, ¿verdad?'. Y mi papá me dijo: 'Sí"'.
Alejandro asegura que eso fue suficiente. "Simplemente, yo era como era. No nací de mi mamá y punto. Nada más. Nunca me he cuestionado dónde estaría si es que no me hubieran adoptado, porque yo siento que nací aquí; ésta es mi vida".
Tíos, primos y amigos de la familia los acogieron siempre con naturalidad. Hasta le dicen que se parece al hermano de su mamá y a un primo chico. "Tal vez es coincidencia, pero a lo mejor no. Nos parecemos porque hemos tenido la misma crianza", reflexiona. "Los valores que nos han inculcado nos hacen notoriamente hijos de nuestros padres".
Reconoce, sí, que en sus momentos de bajón adolescente muchas veces se preguntó por sus papás biológicos. "Cuando tenía como 14 años quise saber ¿y de dónde vengo?, ¿tengo hermanos? ¿Quizás tengo un gemelo que está en otro lado? Son ideas que te vienen. Pero esas inquietudes se me han ido borrando porque estoy muy inserto en mi familia". También sufría pensando que su vida podía ser producto de un error, un "condoro" de sus padres. "Pero ahora creo que uno es más que su origen, uno es lo que hace".
En su colegio siempre supieron que era adoptado. "Algunos me molestaban y le pegué a varios; a veces me daban esas típicas pataletas de ¿por qué a mí? Pero son leseras, porque uno se va dando cuenta de lo que realmente tiene y de que uno es mucho más afortunado que un hijo biológico, porque a mí no es que me hayan tenido, a mí me quisieron".
Parte de su tranquilidad se relaciona con la información que maneja. "Cuando mis papás postularon a mi adopción les dijeron que mi mamá biológica murió en el parto, y que yo era su primer hijo. Cuando yo supe eso, las cosas se me hicieron muy tranquilas, porque nunca he tenido esa presión del 'quizás me está buscando', sino que fue una decisión probablemente de la familia de mi mamá el darme en adopción para que yo tuviera una mejor opción de tener una familia completa. Igual me he preguntado: '¿y si se equivocaron y está viva?'... Pero siento que mi mamá es la que está aquí, nunca he tenido una razón para pensar que no pertenezco acá. Simplemente, vivo mi vida como cualquier persona".
Se encoge de hombros ante la perspectiva de conocer, alguna vez, a algún familiar biológico. "Me da la curiosidad, me pica el bichito, pero no es una picada lo suficientemente fuerte como para moverme a buscarlos. Ahora, ¿qué haría si me los topara? Esa respuesta no la tengo; tendría que estar en la situación. No me predispongo a algo; si pasa, bien, y si no... bien también". Pero lo piensa un poco más, y agrega: "Si me encontrara hoy con alguien de mi familia biológica, simplemente le agradecería".
