"Muchas características que tradicionalmente se han considerado hereditarias son el resultado del ambiente vivido durante la etapa primal."
Por María Berrozpe*
Muchas veces he reflexionado sobre los dos tipos de paternidades: padres adoptivos versus padres naturales (o biológicos), hijos adoptivos versus hijos naturales. ¿Cuáles son las diferencias? ¿Cuáles las similitudes? ¿Cómo lo vivimos todas las partes? Se me ha ocurrido ir escribiendo estas reflexiones y compartiéndolas con vosotros. Esto me ayuda a sacar de mí pensamientos relativamente “amorfos” para ponerlos en palabras exactas que me ayudan a tener una idea clara de lo que pienso y siento.
----------------- “La Mala Semilla”, el Falso “Yo” y el Periodo Primal ----------------------
Como hija adoptiva –adoptada a los dos días de nacer en el año 1970- he vivido la adopción de una manera muy diferente a como la viven hoy miles de niños varias décadas más tarde. Los cambios han sido, sin ninguna duda, para mejor. La adopción ha dejado de ser un tabú, algo que ocultar o, en el mejor de los casos, disimular. Hoy se reconoce el derecho de los hijos a conocer su situación de hijos adoptados, ya que existe una ley que obliga a los padres a dar esta información. Hoy, muchos padres adoptivos son los que se preocupan de conocer las circunstancias exactas en las que se produzco el nacimiento y posterior cesión de su hijo, para tener toda la información en la mano el día en que su hijo esté preparado para preguntar y querer saber. Hoy se reconoce que la separación de la madre natural ha dejado una huella - una herida primal - en el bebé adoptado, por pequeño que este fuera en el momento de la adopción.
En mi época la adopción era la segunda opción cuando la pareja no podía concebir de manera natural. Cuando un hombre y una mujer se casaban, ser padres era algo automático y obligatorio. Las mujeres tenían que ser madres ya que para ello eran educadas desde su más tierna infancia. Cuando ese hijo tan deseado no llegaba, no había más opción que adoptar. Pero lo más deseable era que la adopción pasara lo más desapercibida posible: que el bebé llegara recién nacido y que pasara por natural a partir de ese momento y para el resto de su vida. Se suponía que no tenía que tener ningún recuerdo de su cambio de padres y por lo tanto, en el futuro no tendría ninguna curiosidad ni ninguna necesidad de saber o contactar con su familia biológica.
Hemos de entender que en la época en la que se desarrolló esta actitud había un absoluto desconocimiento sobre la etapa primal del ser humano y su repercusión en la vida adulta. El término “periodo primal” lo acuñó Michel Odent en 1986 y se refiere a la etapa que cubre el periodo de desarrollo intrauterino, parto y primer año de vida extrauterina. Hasta el momento había una total ignorancia sobre el efecto que tendría esa etapa de nuestro desarrollo en nuestra vida adulta.
Se pensaba que el bebé no sentía, no pensaba y no recordaba. Se llegó al extremo de operar a los bebés sin anestesia, convencidos de su incapacidad para sentir dolor. El bebé recién nacido se veía como una hoja en blanco, sin historia previa, que todavía necesitaría unos meses para convertirse en un ser “racional”. Con esta filosofía y falta de conocimiento sobre el desarrollo físico y psicológico del ser humano en esta importantísima etapa de su vida, no es raro que la idea de “herida primal”, recientemente expuesta porNancy Verrier (en 1993 fue la primera edición de su libro The primal wound. Understanding the adopted child), hubiera sonado a cosa de locos. Para llegar a aceptar este concepto han hecho falta muchos estudios en neurología, psicología y biología del desarrollo.
En este contexto, muchos de nuestros padres optaron por “ignorar” la adopción, llegando a extremos realmente absurdos, como en el caso de la típica pregunta en la consulta de un médico: “¿Tiene antecedentes de tal o cual cosa?” a lo que nuestros padres respondían sin ninguna duda “sí” o “no” dependiendo de sus propios antecedentes. Muchos padres incluso prefirieron no informar a sus hijos de su condición de adoptados: ¿para qué? No vieron ninguna necesidad. Muchos de estos hijos se han enterado de su condición de adoptados siendo ya adultos y por pura casualidad, como nuestro Enrique Vila. Otros lo hemos sabido siempre, pero hemos sentido esa necesidad de disimular nuestra condición, como si fuera algo “no tan bueno” como ser “hijos naturales”. Por mucha naturalidad que nuestros padres han intentado mostrarnos cuando hablábamos del tema o preguntábamos, siempre hemos sentido que no era algo de lo que ellos quisieran hablar, que se sentían incómodos, que mejor callar, olvidar y hacer como si no existiera.
¿Qué consecuencias tiene esta actitud? La principal, bajo mi punto de vista y por mi propia experiencia, es la creación del “falso yo”, perfectamente explicado por Nancy Verrier en su libro The primal wound. El adoptado necesita crear una personalidad que le permita integrarse sin problemas en su familia adoptiva. Aprende a camuflarse: hace suyos características y deseos que no lo son. Todos los hijos pasan una etapa de “diferenciación” natural y deseable, en su proceso hacia la independencia. En nuestro caso, por lo menos en el mío, intenté anular esta necesidad de “diferenciación” respecto a mis padres por el miedo a que mis diferencias pusieran en evidencia esa “gran verdad oculta” subyacente y dormida en mi interior que era mi desconocido origen biológico. Pero los humanos no somos camaleones y asfixiar así una personalidad tiene un precio.
Uno de los problemas principales está en la interpretación de todo el comportamiento conflictivo del hijo adoptado como consecuencia de su origen biológico y de su condición de adoptado. Esta interpretación no sólo la hacen los padres o la familia adoptante en general sino, principalmente, la hacemos los propios hijos. De esta manera se crea un sentimiento de vergüenza y culpa totalmente desproporcionado a la acción que lo genera. Ciertamente, parte del comportamiento “conflictivo” del hijo adoptado será consecuencia de todas las circunstancias que han rodeado la adopción, pero una gran parte será, simplemente, normal. Y la parte que es consecuencia de su condición de adoptado no lo será tanto por su herencia genética sino por el trauma de la separación - la herida primal al la que se refiere Nancy Verrier – y/o el estrés en el útero materno al que estuvo sometido como consecuencia de ser el producto de un embarazo no deseado, y/o las condiciones en las que tuvo que vivir hasta llegar a los brazos de su familia. Precisamente, los bebés adoptados nada más nacer, somos los que más hemos sufrido con esta mentalidad de determinismo biológico porque se ha ignorado completamente el efecto que el periodo primal tuvo en nuestro desarrollo, dejando como único responsable de nuestras características personales a la herencia genética.
A raíz de mi propia maternidad empecé a sumergirme en la nueva línea de investigación que suponía el periodo primal del ser humano. Estudios como el de Huttunen et al (Huttunen MO, Niskanen P. Prenatal loss of father and psychiatric disorders. Arch Gen Psychiatry 1978 Apr;35(4):429-31) que demostraban que un factor estresante afecta más al ser humano en su periodo intrauterino que en su primer año de vida extrauterina, llamaron fuertemente mi atención. Descubrí otros trabajos que demuestran el impacto de un embarazo no deseado en el feto y el posterior desarrollo de una psicopatología (Myhrman A, Rantakallio P, Isohanni M, et al. Unwantedness of a pregnancy and schizophrenia in the child. Br J Psychiatry. 1996 Nov;169(5):637-40), o el impacto que tiene la depresión durante el embarazo en el comportamiento social del feto en su vida adulta (Maki P, Veijola J, Rasanen P, et al. Criminality in the offspring of antenatally depressed mothers: a 33-year follow-up of the Northern Finland 1966 Birth Cohort. J Affect Disord 2003 May;74(3):273-8). Con estos y otros muchos estudios, ha quedado demostrado que el desarrollo del cerebro de una persona está fuertemente influenciado por el estado anímico de su madre durante el embarazo.
Se ha demostrado que la tendencia a desarrollar comportamientos antisociales y enfermedades como la depresión o la esquizofrenia, puede venir determinada no sólo por los genes (aunque, en ciertos casos, también) sino por el ambiente intrauterino en el que se desarrolla el feto. Muchos son estudios relativamente antiguos, pero ha hecho falta que alguien los recopile y los ponga en perspectiva para que podamos tener una idea general de un tema que ha sido sistemáticamente infravalorado durante años: la salud primal y su repercusión en la salud del ser humano adulto. (Si estáis interesados sobre el tema os remito a esta página web donde Michel Odent hace una interesante recopilación de estudios sobre salud primal en diversos ensayos). Creo que todos estos descubrimientos son especialmente importantes para nosotros porque podemos asumir que nuestra gestación ha sido - cuanto menos - problemática ya que, o bien somos hijos no deseados, o bien fuimos gestados en unas condiciones estresantes para nuestras madres biológicas.
Pero el periodo primal no concluye con el desarrollo intrauterino. Michel Odent da especialmente importancia en sus escritos a la influencia que el parto, su evolución y su medicalización, tienen a largo plazo en la salud del ser humano (Michel Odent, The long term consequences of how we are born. Primal Health Research. A New Era in Health Research. Summer 2006. Vol 14, Nº1). Si un parto natural no intervenido es de por si difícil (en las condiciones que se han dado y se dan en nuestra sociedad en los último siglos), en nuestro caso (bebés cedidos tras el parto) es prácticamente imposible.
Sólo tras parir a mis hijos he sido capaz de comprender un poco el trauma terrible que supone para una mujer parir a un bebé del que no será madre. Yo, gran defensora del parto extático, del parto como una experiencia sublime y única en la vida de una mujer, no puedo más que pensar que el parto de nuestras madres naturales debió de ser el infierno en la tierra porque en esas circunstancias sólo hay un sentimiento que predomina: dolor, dolor y más dolor. Si a eso añadimos el intervencionismo absurdo (como el hecho de dormir a la madre (sólo) en el momento del expulsivo para que no viera a su bebé) y el manejo duro e impersonal que sufrimos tras el nacimiento -privándonos de nuestra madre natural de manera brusca y definitiva- a la luz de las teorías de Odent, Chamberlain, Gerhard o Gutman, no podemos ignorar el efecto que todo esto ha podido tener en nosotros y en nuestro desarrollo posterior.
Según Odent, durante gran parte de la historia reciente de la humanidad el ser humano ha interferido en el momento justo después del nacimiento interrumpiendo toda la cascada hormonal que permite un “enamoramiento” entre madre e hijo y que determina, no sólo el apego instintivo de la madre por su bebé, sino también la capacidad de amar (amar al otro y amarse uno mismo) que tendrá en el futuro el bebé recién nacido. De esta manera se han conseguido individuos más agresivos y capaces de competir en sociedades cada vez más agresivas ( Michel Odent. La vida fetal, el nacimiento y el futuro de la humanidad. Textos escogidos de Michel Odent, Ed. Obstare, 2007).
¿Qué repercusión puede tener todo este conocimiento para nosotros, hijos adoptados, bebés cedidos o abandonados? En primer lugar cuestiona claramente el determinismo biológico y esa creencia popular tan arraigada de “la mala semilla”. Incluso muy recientemente, amigos con los que he tocado el tema de la adopción, expresaban su preocupación de que el bebé adoptado tuviera una genética desconocida y potencialmente “mala”. Creo que todos estos estudios demuestran que muchas características que tradicionalmente se han considerado hereditarias, de hecho son el resultado del ambiente vivido durante la etapa primal.
¿Cuál es la diferencia? Pues que una cosa es pensar que un ser humano es intrínsecamente “malo” y otra muy diferente es ver que un determinado ambiente lo ha empujado a ello. Esto último deja la puerta abierta para producir un cambio, por mucho que un determinado ambiente “negativo” haya configurado las conexiones neuronales de una determinada manera, o haya desarrollado más o menos determinados centros cerebrales. Pongamos un ejemplo: un bebé adoptado que es realmente difícil: llora continuamente independientemente de lo que sus padres intenten hacer para calmarlo. Si la madre piensa que su hijo es así porque su madre biológica es una persona “problemática” y el bebé lo ha heredado, se siente absolutamente incapaz de cambiar una situación a la que el determinismo biológico hace imposible cualquier solución. Es posible que el niño ya quede tildado de “difícil” para el resto de su vida y que todo su comportamiento se interprete desde el punto de vista de “la mala semilla”.
Si en lugar de eso ella sabe que su bebé está exteriorizando el dolor que sufrió durante un embarazo no deseado y estresante, o en un parto traumático, o durante el abandono en el orfanato, o debido a la separación de su madre de acogida temporal, sabe que puede hacer algo por su hijo. Puede cogerle, quererle, trasmitirle su amor y su seguridad. Sabe que lo que ella haga tiene una consecuencia positiva en su hijo y, sobretodo, que puede contrarrestar esas primeras experiencias negativas de su pequeño. Sabe que, si bien el cerebro de su hijo sufrió durante su desarrollo las consecuencias de un periodo primal “estresante”, puede redirigir este desarrollo, desarrollo que sigue produciéndose porque los seres humanos somos los más plásticos de todos los mamíferos y nacemos prematuros precisamente para poder aprender, más que ninguna otra especie (Sue Gerhardt: El amor maternal. La influencia del afecto en el desarrollo mental y emocional del bebé, Ed. Albesa, 2008). Saber que su hijo no está determinado a ser conflictivo sino que un determinado ambiente le obliga en este momento a ser conflictivo, conlleva una gran diferencia a la hora de enfrentar el problema.
Desgraciadamente, la teoría de “la mala semilla” pertenece a una de las leyendas populares más arraigadas hasta nuestros días (aunque muchos al leerme ahora pongáis cara de “noooo, yo no creo eso”). Numerosos ejemplos en la literatura clásica (como Oliver Twist de Charles Dickens) o diferentes películas, mayoritariamente de terror (como La mala semilla del director y productor Mervyn LeRoy), han perpetuado esa idea del bebé que nace malo porque sus padres o antepasados son malos. Un pensamiento inconsciente que nos ha afectado a todos los adoptados en mayor o menor medida, condicionando nuestro desarrollo.
Afortunadamente la ciencia apunta en sentido contrario: Si bien es cierto que hay patologías claramente hereditarias y relacionadas con mutaciones en uno o varios genes, en la gran mayoría de los casos de comportamientos conflictivos y/o antisociales no es así. La selección natural no puede crear seres humanos “malos” porque esto iría en contra de su supervivencia individual y de la propia especie. La maldad no está inscrita en nuestros genes. Pero un determinado ambiente puede condicionar a un ser humano desde el mismo momento de su concepción a tener determinados problemas de salud físicos y mentales, a la vez que puede incrementar la probabilidad a que desarrolle comportamientos antisociales. Lo bueno de este punto de vista es que deja abierta una puerta al cambio y a la sanación, de manera que nuevas influencias positivas pueden compensar las anteriores negativas.
¿Y como nos influye este conocimiento a nosotros, hijos adoptados? ¿Cuántos no hemos pensado en algún momento que la tristeza, ansiedad, rabia, odio… y todo el arsenal de sentimientos negativos que hemos sentido en nuestras vidas no eran producto de unos genes o de una naturaleza “mala”? ¿Cuántos no hemos pensado que tal vez nuestros padres biológicos no eran de la misma “calidad” que los adoptivos, y por lo tanto nosotros tampoco estaríamos a la altura de nuestra familia? ¿Cuántas veces nos hemos sentido obligados a esconder todos los sentimientos negativos, todos esos comportamientos conflictivos porque los achacábamos a nuestros orígenes biológicos y no al desarrollo normal de una persona o a la expresión de un dolor verdadero y genuino que debe de ser reconocido?
Todo lo que he aprendido sobre salud primal me ha abierto los ojos y ha dado sentido a una gran parte de mi vida. Empecé a profundizar en el tema por mis hijos, pero al final la gran beneficiada por esto conocimientos soy yo misma porque me ha reconciliado con una parte de mi misma que trataba, infructuosamente, de sofocar. Para la mayoría de nosotros, nuestros padres han sido unos padres maravillosos pero, como bien dice María Barbon, ni han podido ni han sabido (porque nadie les ayudó ni les enseñó) ser buenos padres adoptivos.
Afortunadamente para las nuevas generaciones de adoptados, la mentalidad de la sociedad está cambiando. Desgraciadamente todavía quedan rescoldos de la vieja mentalidad determinista, como bien se ve en numerosas anécdotas que cuentan los padres adoptivos en la página de FB del grupo Sí, es negro/chino; sí, es mi hijo… y sí, me estás tocando los cojones, anécdotas que aunque en su mayoría hacen reír, también dan mucho que pensar.
Pero los nuevos padres adoptivos están mucho mejor preparados y se enfrentan a su maternidad/paternidad de una manera más abierta y sana. En muchos casos, la maternidad/paternidad adoptiva ya no es una mera sustituta de la biológica. Los padres adoptivos ya no sienten esa necesidad de equiparar su maternidad/paternidad con la maternidad/paternidad biológica como si esta última marcara un nivel al que la primera debe llegar (de lo que sea ese nivel). Ahora, cada vez más, la adopción es otra opción para formar una familia, con unas características propias que no se intentan ni ignorar ni obviar. Esto juega claramente a favor de los hijos, que podrán expresar abierta y totalmente su naturaleza, sus sentimientos y sus conflictos sin vergüenzas ni sentimientos de culpa.
Pero todavía no todo es de color de rosa. A mi entender, la legislación actual todavía ignora la importancia del periodo primal en la vida de una persona. Ciertamente poco pueden hacer para mejorar el estado psicológico de una mujer embarazada que ha decidido dar a su hijo en adopción (aunque todos los esfuerzos en mejorar las condiciones de estas mujeres, sobretodo en cuanto a la aceptación social de su decisión, serían bien recibidos). Pero todavía se puede hacer mucho para que los bebés recién nacidos estén cuanto antes en brazos de sus padres definitivos. Ya se que es muy difícil. Compaginar el derecho del bebé a permanecer con su madre biológica, con su derecho a estar cuanto antes con una madre que le desee y le quiera y le dé las condiciones necesarias para crecer sano en todos los aspectos, cuando la madre biológica no quiere o no puede, parece casi imposible. Pero habrá que hacer un gran esfuerzo. Porque hoy en día miles de bebés se pasan sus primeras semanas o meses de vida en familias de acogida y, cuando ellos ya han establecido el vínculo con su cuidador (tan fundamental para su supervivencia), son entregados a la familia definitiva, lo que debe de suponer un trauma terrible que hoy por hoy se ignora. Y porque miles de niños crecen en centros para menores ante la imposibilidad de la ley de quitar la custodia a unos padres que en realidad no se ocupan de ellos, por lo que sea, eso aquí da igual, pero lo que debe primar es el bienestar de los niños.
*María Berrozpe
¿Cuánto me quieres? ¿Más que...? ¿Tanto como...? ¿Menos que...?
(Reflexiones sobre la adopción II)
Por María Berrozpe**
Hace unos años, a raíz del nacimiento de su primera hija, un viejo amigo me comentaba que si no fuera porque la pequeña llevaba sus genes, no aguantaría las noches que le daba. Yo le dije que yo no llevaba los genes de mi padre, pero que él se había pasado muchas noches de mi primera infancia paseando conmigo en brazos, pasillo arriba/pasillo abajo, hasta que me quedaba dormida. Él me contestó que yo no podía saber si mis padres me querían tanto como si hubiera sido hija biológica. Que eso era algo que nunca sabría. Que yo sí les quería a ellos porque no tenía a nadie más, pero que ellos hubieran querido más a un hijo biológico. Me diréis que, con este tipo de amigos, ¿quién necesita enemigos? Pero yo conozco las circunstancias personales de este viejo amigo y por eso ni me ofendieron, ni me dañaron sus palabras. En cualquier caso fue sincero y puso sobre el tapete unas palabras que más de uno piensa pero nadie se atreve a decir.
Seamos sinceros: generalmente la adopción es la segunda o tercera opción para tener hijos. Ciertamente, hoy en día me estoy encontrando muchas parejas que tienen una visión más “igualitaria” de la adopción como medio para formar una familia y la encaran como la primera opción, o una opción al mismo nivel que la paternidad biológica. Pero esto no es lo más común. La paternidad biológica suele ser lo más deseable, hasta el punto de someterse a verdaderas torturas con tratamientos para conseguir una fecundación “in vitro” o incluso llegar a “alquilar” el vientre de otra mujer que geste su propio hijo biológico (o debería decir “genético” porque en este caso entra en juego una mujer embarazada que es la “madre biológica”, sea o no sea la generadora del óvulo fecundado). Muchas parejas, cuando llegan a los procesos de adopción, llevan años de sufrimiento, dolor y desencanto. En este caso ¿qué encuentra el niño que pasa a ser su hijo? Se dice que somos los hijos más deseados ¿es cierto? Ellos desean con locura ser padres pero, ¿nuestros padres? O ¿los padres de su propio hijo biológico?
Preguntas duras que seguro que han pasado por nuestras cabezas de niños adoptados. Da miedo hacérselas. Da miedo abrir la caja de Pandora para mirar dentro y sumergirse en todos los sentimientos que conlleva esta situación.
¿Me quieren mis padres tanto como si me hubieran parido? Muchos padres adoptivos contestáis: “incluso más”. Yo personalmente eso no me lo creo. No se puede querer más de lo que se quiere a un hijo, a cualquier hijo. Yo no me imagino queriendo a mi hijo mayor más que al segundo, ni al segundo más que al tercero, ni a ninguno más que a uno adoptado. Les quiero “hasta el infinito” y ya está. ¿Los querría menos si no los hubiera parido? No , de eso estoy segura. Si ahora me viene un fulanito y me dice: señora, mire, le cambiaron a su bebé en la maternidad y este no es su hijo. Bueno, pues lo siento en el alma pero SÍ es mi hijo y no me separan de él ni con una grúa. Entonces ¿se quiere a un hijo adoptado como a uno biológico? Pero ¿acaso quiero igual a cada uno de mis hijos? ¿Qué significan ese “cómo” y ese “igual”?
Intentemos analizarlo y para eso me voy a uno de los momentos más importantes de mi vida: el día que vi una puntito positivo en mi primera prueba de embarazo. Ese día se cumplía uno de mis sueños: el de ser madre. Era un hijo deseadísimo, que nos había venido fácilmente, sí, pero no por eso menos deseado o valorado. Desde ese momento empecé a quererlo. Durante nueve meses lo incubé dentro de mí, lo imaginé y lo amé. Llegó el día en que nació, en un parto largo y difícil con epidural y oxitocina sintética. ¿Qué le dije?: “Hola cariño, soy mamá….. ayyy!!! pero que feito eres!”. Y es que el bebé rosado y redondito que tenia en mi cabeza no cuadraba con aquella ranita larguirucha, azulada y con cabecita de marciano. Me costó sentirlo mío.
Siguiendo mi costumbre, haré de nuevo referencia a los estudios que Michel Odent ha recopilado en su banco de datos sobre salud primal. Basándome en ellos, puedo suponer que posiblemente fue la oxitocina sintética que utilizaron para acelerar mi parto la que, al inhibirme la oxitocina natural, evitó toda la cascada hormonal necesaria para que me “enamorara” de mi bebé nada más nacer. El caso es que lo miraba y no sentía ese amor arrebatador que me había imaginado que iba a sentir por él. Sólo me sentía extenuada y con ganas de irme a mi cama. Y durante las horas siguientes, no sentí ninguna necesidad de cogerlo en brazos o darle el pecho. Estaba como alucinada y simplemente miraba a esa criatura que acababa de salir de mi cuerpo.
En cambio, con los dos siguientes fue muy diferente: en estos casos no hubo oxitocina sintética, sólo hormonas naturales. Sobretodo con el tercero, que fue mi parto soñado. Cuando vi al bebé que Carolina (mi comadrona) había dejado entre mis piernas, pensé que era la criatura más impresionante, maravillosa, milagrosa y amada del universo.
Por lo tanto, basándome en mi experiencia y en los estudios recopilados por Odent, puedo deducir que la preparación hormonal natural en mi organismo durante los dos partos siguientes (no intervenidos) me predispuso para enamorarme instantáneamente de mis bebés ese primer momento tras el nacimiento. Y a la larga ¿Qué influencia tuvo? ¿Quiero más a mi hijo pequeño que a mi hijo mayor? Absolutamente NO. A la larga el amor se desarrolló y llegó “al infinito” en los tres casos. Cierto que me costó un poco más sentir mío a mi primer hijo, que tuve más problemas con la lactancia (ya que no me lo puse al pecho en esa primera hora tras el parto, sino casi 24 horas más tarde) y que necesité más días para “conectar” con él que con el tercer bebé (lo que también se puede explicar porque con el primero no tenía experiencia y con el tercero sí). Pero parece evidente que, a largo plazo, el amor maternal en los humanos es independiente de esa cascada hormonal que se da durante el nacimiento y determina absolutamente el instinto maternal en el resto de mamíferos (Hasta el punto de que si se interfiere en el proceso, las madres mamíferas ”no racionales” rechazan y abandonan a sus crías hasta dejarlas morir).
Entonces ¿cuál es la clave en los humanos para amar a nuestros hijos? A diferencia del resto de mamíferos, nosotros tenemos un neocórtex que domina sobre partes más primitivas de nuestro cerebro, de manera que nuestro comportamiento no está absolutamente determinado por nuestros instintos. Para mí, la clave del amor maternal en las mujeres (y no hablo de los hombres porque yo no se lo que podéis sentir vosotros, pero una frase que acabo de leer en un post y que dice: "Los hombres siempre adoptamos. Mi primer contacto con mis hijos fue cuando me los pusieron en brazos", me da una idea) está en saber que esa criatura tan pequeña e indefensa es TUYA y depende de ti. Eso, junto con el deseo sincero y profundo de ser madre, activa nuestro antiguo y animal “instinto maternal” permitiendo que se desarrolle en nosotras ese “amor hasta el infinito” que sentimos por nuestros hijos (paridos y adoptados).
Pero ¿qué ocurre con la herencia? ¿Está en esta pregunta el “kit” de la cuestión? Porque tu hijo biológico va a tener la mitad de tus genes (y la otra mitad de tu pareja) y eso lo vas a ver en mil detalles como su nariz, o su pelo, o sus andares o su temperamento. Seamos sinceros, ya lo dice Joan Manuel Serrat: “a menudo tus hijos se te parecen, así nos dan la primera satisfacción” (de “Esos locos bajitos”). Nos encanta ver trocitos de nosotros en ellos. Por eso muchos padres adoptivos buscan y encuentran similitudes, y les encanta cuando les dicen que su hijo se les parece en tal o cual característica. Y a los hijos también nos gusta parecernos a nuestros padres. A mí me encanta que me digan que tengo el genio de mi madre o que soy tan buenaza como mi padre. De niña decían que era igualita a mi tía (y madrina) Julia, que tenía sus mismos ojos.
Lo cierto es que cuando crías un niño éste se te va a parecer, incluso físicamente. En una telenovela que vi hace años, un padre adoptivo (cuya hija acababa de enterarse de que no era su padre biológico) decía: “no tendrás mis ojos pero tendrás mi mirada, no tendrás mi boca pero tendrás mi sonrisa”. Pensé que era cierto. Al fin y al cabo los seres humanos somos los que nacemos más prematuramente entre los mamíferos y eso nos da una oportunidad única: la de “aprender”. Durante nuestro desarrollo aprendemos de nuestros padres más que ninguna otra especie. Nacemos con una genética determinada, eso es cierto, pero la manera en que nos hemos desarrollado (y se han expresado esos genes) depende de nuestro ambiente mucho más que en el resto de mamíferos. Así que ni es exagerado ni forzado decir que nos parecemos a nuestros padres, porque nos parecemos realmente. A diferencia del resto de animales (*), los seres humanos no sólo transmitimos una herencia genética, sino también una herencia cultural, y creo que esta última, a la larga, acaba teniendo mucho más peso que la primera, ya que determina en gran medida la expresión de la primera. Cuando un hijo adoptado llega a adulto, creo que no es inexacto decir que ya tiene muchas más características debidas a la herencia cultural de sus padres adoptivos que a la herencia genética de sus padres biológicos.
En cualquier caso, la realidad es que nuestra herencia genética no viene de nuestros padres y creo que todos los adoptados tenemos ciertas características que no acaban de “encajar” del todo con nuestra familia y en concreto con nuestros padres. Esto es especialmente evidente con las adopciones interraciales, pero incluso en las adopciones intrarraciales se nota. En general las más evidentes son las características físicas porque son las menos influenciadas por el ambiente: somos más morenos o más rubios, o más altos o más bajos, o nuestras facciones son claramente diferentes.
Pero también hay características que conciernen a nuestro temperamento claramente determinadas por nuestros genes. Eso no es un problema por sí mismo.Al fin y al cabo los hijos biológicos tampoco son clones genéticos de sus padres. El problema es vivirlo como algo negativo. Si a los padres les afectan e intentan ignorarlas, o las ven como algo amenazador y negativo, el hijo también lo hará y se avergonzará de ser como es. Intentará camuflarse inventando ese “falso yo” que se parezca más a su familia adoptiva. No se da la oportunidad a sí mismo de ser como es y de adaptarse desde ese “yo” verdadero. Tal vez esta idea no sea del todo consciente pero está ahí. Algunos adoptados hemos pasado por la fase de intentar parecernos todo lo posible a nuestra familia porque creíamos que así hacíamos felices a quienes más queríamos en el mundo: a nuestros padres.
Y la pregunta que tanto miedo nos da hacernos: ¿pero condiciona realmente esta falta de consaguinidad el amor de nuestros padres? ¿Nos quieren menos porque no llevamos su ADN? Y, si nos parecemos más, ¿nos quieren más?
Es evidente que en el mundo de los mamíferos no humanos sí es así, hasta el punto de que en diversas especies – como gorilas y osos - los machos matan a las crías de otros machos para acoplarse con la madre y dejarle su propia descendencia. Pero nosotros somos humanos. Ya he comentado anteriormente que no me imagino cambiando el amor que yo siento por mis hijos, si de repente me dijeran que no son mis hijos naturales. Imposible. El amor que siento por ellos es tan inmenso, tan profundo, tan “infinito”… totalmente imposible de saber cómo es hasta que te toca sentirlo. Durante mi primer embarazo no tenía ni idea de que iba a sentir algo tan fuerte por mi hijo. Y en el segundo embarazo me parecía imposible poder querer al segundo bebé como quería ya al primero. Pero evidentemente pude. Desde luego esa frase que dice que “el amor es lo único que cuando se divide toca más a cada parte” tiene toda la razón.
No sé si existen estudios que comparen la maternidad/paternidad biológica y adoptada en cuestiones de amor. Por mucho que los estudios en salud primal demuestren la importancia del parto natural en el enamoramiento entre madre e hijo, o en la capacidad de amar del hijo, no se pueden ignorar los sentimientos de millones y millones de padres y madres por sus hijos, hijos adoptados o nacidos en partos no naturales o cesáreas. No, en este caso sólo me puedo basar en lo que yo siento y en mi propia experiencia. Mi experiencia me dice que no me puedo imaginar a mis padres queriéndome más de los que me quieren, ni queriendo a un hijo natural más de lo que me quieren a mí. Se que me quieren “hasta el infinito”, me lo han demostrado toda mi vida, y me lo demuestran cada día. Un amor que sólo tiene un “rival”: el amor que sienten por sus nietos, por mis hijos. Seguramente mis padres nunca hubieran adoptado de haber podido concebir, pero una vez que me adoptaron me amaron “hasta el infinito” como yo amo a mis hijos, como todos los padres deberían amar a sus hijos (y afortunadamente, la mayoría hacen).
Desgraciadamente existen madres y padres que no aman a sus hijos, pero desde luego no depende de la consaguinidad porque, precisamente, creo que se ven más casos de desamor relacionados con padres y madres naturales que con padres y madres adoptivos. Estoy convencida de que mucha gente que piensa que sería incapaz de querer a un hijo adoptado con la misma intensidad que quiere a uno natural, lo dice desde el desconocimiento. No te puedes imaginar lo que vas a querer a tu hijo hasta que lo tienes en brazos y esto es aplicable a los hijos naturales y biológicos. Creo que si a estas personas les ponen un bebé/niño en brazos y les dicen: a partir de ahora depende de ti, es tu hijo/hija, sólo entonces verían que no tenían razón, y que el amor por esa criatura va a llegar a donde tiene que llegar: hasta el infinito.
Hace aproximadamente 40 años (uff, 40!) una enfermera me puso en brazos de mi madre a los dos días de nacer. Mi madre y mi padre se abrazaron y lloraron juntos. Desde entonces me sintieron suya y como tal me amaron y me aman. Yo no tengo ninguna duda.
(*)Aunque muchas especies también tienen capacidad de apredizaje y una cierta transmisión de conocimientos de padres a hijos, no llega, ni de lejos, al nivel de los humanos.
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(**) María Berrozpe es madre de tres hijos, doctora en Ciencias Biológicas, monitora de La Liga de la Leche, y colaboradora de Tenemos Tetas.
19 de junio de 2010
La "mala semilla", el "falso yo" y el período primal
(Reflexiones sobre la adopción I)
"Muchas características que tradicionalmente se han considerado hereditarias son el resultado del ambiente vivido durante la etapa primal."
Por María Berrozpe*
Muchas veces he reflexionado sobre los dos tipos de paternidades: padres adoptivos versus padres naturales (o biológicos), hijos adoptivos versus hijos naturales. ¿Cuáles son las diferencias? ¿Cuáles las similitudes? ¿Cómo lo vivimos todas las partes? Se me ha ocurrido ir escribiendo estas reflexiones y compartiéndolas con vosotros. Esto me ayuda a sacar de mí pensamientos relativamente “amorfos” para ponerlos en palabras exactas que me ayudan a tener una idea clara de lo que pienso y siento.
----------------- “La Mala Semilla”, el Falso “Yo” y el Periodo Primal ----------------------
Como hija adoptiva –adoptada a los dos días de nacer en el año 1970- he vivido la adopción de una manera muy diferente a como la viven hoy miles de niños varias décadas más tarde. Los cambios han sido, sin ninguna duda, para mejor. La adopción ha dejado de ser un tabú, algo que ocultar o, en el mejor de los casos, disimular. Hoy se reconoce el derecho de los hijos a conocer su situación de hijos adoptados, ya que existe una ley que obliga a los padres a dar esta información. Hoy, muchos padres adoptivos son los que se preocupan de conocer las circunstancias exactas en las que se produzco el nacimiento y posterior cesión de su hijo, para tener toda la información en la mano el día en que su hijo esté preparado para preguntar y querer saber. Hoy se reconoce que la separación de la madre natural ha dejado una huella - una herida primal - en el bebé adoptado, por pequeño que este fuera en el momento de la adopción.
En mi época la adopción era la segunda opción cuando la pareja no podía concebir de manera natural. Cuando un hombre y una mujer se casaban, ser padres era algo automático y obligatorio. Las mujeres tenían que ser madres ya que para ello eran educadas desde su más tierna infancia. Cuando ese hijo tan deseado no llegaba, no había más opción que adoptar. Pero lo más deseable era que la adopción pasara lo más desapercibida posible: que el bebé llegara recién nacido y que pasara por natural a partir de ese momento y para el resto de su vida. Se suponía que no tenía que tener ningún recuerdo de su cambio de padres y por lo tanto, en el futuro no tendría ninguna curiosidad ni ninguna necesidad de saber o contactar con su familia biológica.
Hemos de entender que en la época en la que se desarrolló esta actitud había un absoluto desconocimiento sobre la etapa primal del ser humano y su repercusión en la vida adulta. El término “periodo primal” lo acuñó Michel Odent en 1986 y se refiere a la etapa que cubre el periodo de desarrollo intrauterino, parto y primer año de vida extrauterina. Hasta el momento había una total ignorancia sobre el efecto que tendría esa etapa de nuestro desarrollo en nuestra vida adulta.
Se pensaba que el bebé no sentía, no pensaba y no recordaba. Se llegó al extremo de operar a los bebés sin anestesia, convencidos de su incapacidad para sentir dolor. El bebé recién nacido se veía como una hoja en blanco, sin historia previa, que todavía necesitaría unos meses para convertirse en un ser “racional”. Con esta filosofía y falta de conocimiento sobre el desarrollo físico y psicológico del ser humano en esta importantísima etapa de su vida, no es raro que la idea de “herida primal”, recientemente expuesta porNancy Verrier (en 1993 fue la primera edición de su libro The primal wound. Understanding the adopted child), hubiera sonado a cosa de locos. Para llegar a aceptar este concepto han hecho falta muchos estudios en neurología, psicología y biología del desarrollo.
En este contexto, muchos de nuestros padres optaron por “ignorar” la adopción, llegando a extremos realmente absurdos, como en el caso de la típica pregunta en la consulta de un médico: “¿Tiene antecedentes de tal o cual cosa?” a lo que nuestros padres respondían sin ninguna duda “sí” o “no” dependiendo de sus propios antecedentes. Muchos padres incluso prefirieron no informar a sus hijos de su condición de adoptados: ¿para qué? No vieron ninguna necesidad. Muchos de estos hijos se han enterado de su condición de adoptados siendo ya adultos y por pura casualidad, como nuestro Enrique Vila. Otros lo hemos sabido siempre, pero hemos sentido esa necesidad de disimular nuestra condición, como si fuera algo “no tan bueno” como ser “hijos naturales”. Por mucha naturalidad que nuestros padres han intentado mostrarnos cuando hablábamos del tema o preguntábamos, siempre hemos sentido que no era algo de lo que ellos quisieran hablar, que se sentían incómodos, que mejor callar, olvidar y hacer como si no existiera.
¿Qué consecuencias tiene esta actitud? La principal, bajo mi punto de vista y por mi propia experiencia, es la creación del “falso yo”, perfectamente explicado por Nancy Verrier en su libro The primal wound. El adoptado necesita crear una personalidad que le permita integrarse sin problemas en su familia adoptiva. Aprende a camuflarse: hace suyos características y deseos que no lo son. Todos los hijos pasan una etapa de “diferenciación” natural y deseable, en su proceso hacia la independencia. En nuestro caso, por lo menos en el mío, intenté anular esta necesidad de “diferenciación” respecto a mis padres por el miedo a que mis diferencias pusieran en evidencia esa “gran verdad oculta” subyacente y dormida en mi interior que era mi desconocido origen biológico. Pero los humanos no somos camaleones y asfixiar así una personalidad tiene un precio.
Uno de los problemas principales está en la interpretación de todo el comportamiento conflictivo del hijo adoptado como consecuencia de su origen biológico y de su condición de adoptado. Esta interpretación no sólo la hacen los padres o la familia adoptante en general sino, principalmente, la hacemos los propios hijos. De esta manera se crea un sentimiento de vergüenza y culpa totalmente desproporcionado a la acción que lo genera. Ciertamente, parte del comportamiento “conflictivo” del hijo adoptado será consecuencia de todas las circunstancias que han rodeado la adopción, pero una gran parte será, simplemente, normal. Y la parte que es consecuencia de su condición de adoptado no lo será tanto por su herencia genética sino por el trauma de la separación - la herida primal al la que se refiere Nancy Verrier – y/o el estrés en el útero materno al que estuvo sometido como consecuencia de ser el producto de un embarazo no deseado, y/o las condiciones en las que tuvo que vivir hasta llegar a los brazos de su familia. Precisamente, los bebés adoptados nada más nacer, somos los que más hemos sufrido con esta mentalidad de determinismo biológico porque se ha ignorado completamente el efecto que el periodo primal tuvo en nuestro desarrollo, dejando como único responsable de nuestras características personales a la herencia genética.
A raíz de mi propia maternidad empecé a sumergirme en la nueva línea de investigación que suponía el periodo primal del ser humano. Estudios como el de Huttunen et al (Huttunen MO, Niskanen P. Prenatal loss of father and psychiatric disorders. Arch Gen Psychiatry 1978 Apr;35(4):429-31) que demostraban que un factor estresante afecta más al ser humano en su periodo intrauterino que en su primer año de vida extrauterina, llamaron fuertemente mi atención. Descubrí otros trabajos que demuestran el impacto de un embarazo no deseado en el feto y el posterior desarrollo de una psicopatología (Myhrman A, Rantakallio P, Isohanni M, et al. Unwantedness of a pregnancy and schizophrenia in the child. Br J Psychiatry. 1996 Nov;169(5):637-40), o el impacto que tiene la depresión durante el embarazo en el comportamiento social del feto en su vida adulta (Maki P, Veijola J, Rasanen P, et al. Criminality in the offspring of antenatally depressed mothers: a 33-year follow-up of the Northern Finland 1966 Birth Cohort. J Affect Disord 2003 May;74(3):273-8). Con estos y otros muchos estudios, ha quedado demostrado que el desarrollo del cerebro de una persona está fuertemente influenciado por el estado anímico de su madre durante el embarazo.
Se ha demostrado que la tendencia a desarrollar comportamientos antisociales y enfermedades como la depresión o la esquizofrenia, puede venir determinada no sólo por los genes (aunque, en ciertos casos, también) sino por el ambiente intrauterino en el que se desarrolla el feto. Muchos son estudios relativamente antiguos, pero ha hecho falta que alguien los recopile y los ponga en perspectiva para que podamos tener una idea general de un tema que ha sido sistemáticamente infravalorado durante años: la salud primal y su repercusión en la salud del ser humano adulto. (Si estáis interesados sobre el tema os remito a esta página web donde Michel Odent hace una interesante recopilación de estudios sobre salud primal en diversos ensayos). Creo que todos estos descubrimientos son especialmente importantes para nosotros porque podemos asumir que nuestra gestación ha sido - cuanto menos - problemática ya que, o bien somos hijos no deseados, o bien fuimos gestados en unas condiciones estresantes para nuestras madres biológicas.
Pero el periodo primal no concluye con el desarrollo intrauterino. Michel Odent da especialmente importancia en sus escritos a la influencia que el parto, su evolución y su medicalización, tienen a largo plazo en la salud del ser humano (Michel Odent, The long term consequences of how we are born. Primal Health Research. A New Era in Health Research. Summer 2006. Vol 14, Nº1). Si un parto natural no intervenido es de por si difícil (en las condiciones que se han dado y se dan en nuestra sociedad en los último siglos), en nuestro caso (bebés cedidos tras el parto) es prácticamente imposible.
Sólo tras parir a mis hijos he sido capaz de comprender un poco el trauma terrible que supone para una mujer parir a un bebé del que no será madre. Yo, gran defensora del parto extático, del parto como una experiencia sublime y única en la vida de una mujer, no puedo más que pensar que el parto de nuestras madres naturales debió de ser el infierno en la tierra porque en esas circunstancias sólo hay un sentimiento que predomina: dolor, dolor y más dolor. Si a eso añadimos el intervencionismo absurdo (como el hecho de dormir a la madre (sólo) en el momento del expulsivo para que no viera a su bebé) y el manejo duro e impersonal que sufrimos tras el nacimiento -privándonos de nuestra madre natural de manera brusca y definitiva- a la luz de las teorías de Odent, Chamberlain, Gerhard o Gutman, no podemos ignorar el efecto que todo esto ha podido tener en nosotros y en nuestro desarrollo posterior.
Según Odent, durante gran parte de la historia reciente de la humanidad el ser humano ha interferido en el momento justo después del nacimiento interrumpiendo toda la cascada hormonal que permite un “enamoramiento” entre madre e hijo y que determina, no sólo el apego instintivo de la madre por su bebé, sino también la capacidad de amar (amar al otro y amarse uno mismo) que tendrá en el futuro el bebé recién nacido. De esta manera se han conseguido individuos más agresivos y capaces de competir en sociedades cada vez más agresivas ( Michel Odent. La vida fetal, el nacimiento y el futuro de la humanidad. Textos escogidos de Michel Odent, Ed. Obstare, 2007).
¿Qué repercusión puede tener todo este conocimiento para nosotros, hijos adoptados, bebés cedidos o abandonados? En primer lugar cuestiona claramente el determinismo biológico y esa creencia popular tan arraigada de “la mala semilla”. Incluso muy recientemente, amigos con los que he tocado el tema de la adopción, expresaban su preocupación de que el bebé adoptado tuviera una genética desconocida y potencialmente “mala”. Creo que todos estos estudios demuestran que muchas características que tradicionalmente se han considerado hereditarias, de hecho son el resultado del ambiente vivido durante la etapa primal.
¿Cuál es la diferencia? Pues que una cosa es pensar que un ser humano es intrínsecamente “malo” y otra muy diferente es ver que un determinado ambiente lo ha empujado a ello. Esto último deja la puerta abierta para producir un cambio, por mucho que un determinado ambiente “negativo” haya configurado las conexiones neuronales de una determinada manera, o haya desarrollado más o menos determinados centros cerebrales. Pongamos un ejemplo: un bebé adoptado que es realmente difícil: llora continuamente independientemente de lo que sus padres intenten hacer para calmarlo. Si la madre piensa que su hijo es así porque su madre biológica es una persona “problemática” y el bebé lo ha heredado, se siente absolutamente incapaz de cambiar una situación a la que el determinismo biológico hace imposible cualquier solución. Es posible que el niño ya quede tildado de “difícil” para el resto de su vida y que todo su comportamiento se interprete desde el punto de vista de “la mala semilla”.
Si en lugar de eso ella sabe que su bebé está exteriorizando el dolor que sufrió durante un embarazo no deseado y estresante, o en un parto traumático, o durante el abandono en el orfanato, o debido a la separación de su madre de acogida temporal, sabe que puede hacer algo por su hijo. Puede cogerle, quererle, trasmitirle su amor y su seguridad. Sabe que lo que ella haga tiene una consecuencia positiva en su hijo y, sobretodo, que puede contrarrestar esas primeras experiencias negativas de su pequeño. Sabe que, si bien el cerebro de su hijo sufrió durante su desarrollo las consecuencias de un periodo primal “estresante”, puede redirigir este desarrollo, desarrollo que sigue produciéndose porque los seres humanos somos los más plásticos de todos los mamíferos y nacemos prematuros precisamente para poder aprender, más que ninguna otra especie (Sue Gerhardt: El amor maternal. La influencia del afecto en el desarrollo mental y emocional del bebé, Ed. Albesa, 2008). Saber que su hijo no está determinado a ser conflictivo sino que un determinado ambiente le obliga en este momento a ser conflictivo, conlleva una gran diferencia a la hora de enfrentar el problema.
Desgraciadamente, la teoría de “la mala semilla” pertenece a una de las leyendas populares más arraigadas hasta nuestros días (aunque muchos al leerme ahora pongáis cara de “noooo, yo no creo eso”). Numerosos ejemplos en la literatura clásica (como Oliver Twist de Charles Dickens) o diferentes películas, mayoritariamente de terror (como La mala semilla del director y productor Mervyn LeRoy), han perpetuado esa idea del bebé que nace malo porque sus padres o antepasados son malos. Un pensamiento inconsciente que nos ha afectado a todos los adoptados en mayor o menor medida, condicionando nuestro desarrollo.
Afortunadamente la ciencia apunta en sentido contrario: Si bien es cierto que hay patologías claramente hereditarias y relacionadas con mutaciones en uno o varios genes, en la gran mayoría de los casos de comportamientos conflictivos y/o antisociales no es así. La selección natural no puede crear seres humanos “malos” porque esto iría en contra de su supervivencia individual y de la propia especie. La maldad no está inscrita en nuestros genes. Pero un determinado ambiente puede condicionar a un ser humano desde el mismo momento de su concepción a tener determinados problemas de salud físicos y mentales, a la vez que puede incrementar la probabilidad a que desarrolle comportamientos antisociales. Lo bueno de este punto de vista es que deja abierta una puerta al cambio y a la sanación, de manera que nuevas influencias positivas pueden compensar las anteriores negativas.
¿Y como nos influye este conocimiento a nosotros, hijos adoptados? ¿Cuántos no hemos pensado en algún momento que la tristeza, ansiedad, rabia, odio… y todo el arsenal de sentimientos negativos que hemos sentido en nuestras vidas no eran producto de unos genes o de una naturaleza “mala”? ¿Cuántos no hemos pensado que tal vez nuestros padres biológicos no eran de la misma “calidad” que los adoptivos, y por lo tanto nosotros tampoco estaríamos a la altura de nuestra familia? ¿Cuántas veces nos hemos sentido obligados a esconder todos los sentimientos negativos, todos esos comportamientos conflictivos porque los achacábamos a nuestros orígenes biológicos y no al desarrollo normal de una persona o a la expresión de un dolor verdadero y genuino que debe de ser reconocido?
Todo lo que he aprendido sobre salud primal me ha abierto los ojos y ha dado sentido a una gran parte de mi vida. Empecé a profundizar en el tema por mis hijos, pero al final la gran beneficiada por esto conocimientos soy yo misma porque me ha reconciliado con una parte de mi misma que trataba, infructuosamente, de sofocar. Para la mayoría de nosotros, nuestros padres han sido unos padres maravillosos pero, como bien dice María Barbon, ni han podido ni han sabido (porque nadie les ayudó ni les enseñó) ser buenos padres adoptivos.
Afortunadamente para las nuevas generaciones de adoptados, la mentalidad de la sociedad está cambiando. Desgraciadamente todavía quedan rescoldos de la vieja mentalidad determinista, como bien se ve en numerosas anécdotas que cuentan los padres adoptivos en la página de FB del grupo Sí, es negro/chino; sí, es mi hijo… y sí, me estás tocando los cojones, anécdotas que aunque en su mayoría hacen reír, también dan mucho que pensar.
Pero los nuevos padres adoptivos están mucho mejor preparados y se enfrentan a su maternidad/paternidad de una manera más abierta y sana. En muchos casos, la maternidad/paternidad adoptiva ya no es una mera sustituta de la biológica. Los padres adoptivos ya no sienten esa necesidad de equiparar su maternidad/paternidad con la maternidad/paternidad biológica como si esta última marcara un nivel al que la primera debe llegar (de lo que sea ese nivel). Ahora, cada vez más, la adopción es otra opción para formar una familia, con unas características propias que no se intentan ni ignorar ni obviar. Esto juega claramente a favor de los hijos, que podrán expresar abierta y totalmente su naturaleza, sus sentimientos y sus conflictos sin vergüenzas ni sentimientos de culpa.
Pero todavía no todo es de color de rosa. A mi entender, la legislación actual todavía ignora la importancia del periodo primal en la vida de una persona. Ciertamente poco pueden hacer para mejorar el estado psicológico de una mujer embarazada que ha decidido dar a su hijo en adopción (aunque todos los esfuerzos en mejorar las condiciones de estas mujeres, sobretodo en cuanto a la aceptación social de su decisión, serían bien recibidos). Pero todavía se puede hacer mucho para que los bebés recién nacidos estén cuanto antes en brazos de sus padres definitivos. Ya se que es muy difícil. Compaginar el derecho del bebé a permanecer con su madre biológica, con su derecho a estar cuanto antes con una madre que le desee y le quiera y le dé las condiciones necesarias para crecer sano en todos los aspectos, cuando la madre biológica no quiere o no puede, parece casi imposible. Pero habrá que hacer un gran esfuerzo. Porque hoy en día miles de bebés se pasan sus primeras semanas o meses de vida en familias de acogida y, cuando ellos ya han establecido el vínculo con su cuidador (tan fundamental para su supervivencia), son entregados a la familia definitiva, lo que debe de suponer un trauma terrible que hoy por hoy se ignora. Y porque miles de niños crecen en centros para menores ante la imposibilidad de la ley de quitar la custodia a unos padres que en realidad no se ocupan de ellos, por lo que sea, eso aquí da igual, pero lo que debe primar es el bienestar de los niños.
*María Berrozpe es mamá de tres niños, doctora en Ciencias Biológicas, monitora de La Liga de la Leche y colaboradora de Tenemos Tetas.